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Si votar sirviera para algo…

 

 

Por Brigitte Colmán – @lakolman (*)

El presidente de la República del Paraguay, Horacio Cartes, anda convirtiendo cada acto de gobierno en un acto político partidario. Y, cuando se lo reclaman, muy contento consigo mismo asegura que lo va a seguir haciendo.

Los funcionarios públicos, los de abajo y los de arriba, asisten para aplaudir como focas amaestradas los discursos del jefe cuando pide los votos para su designado sucesor.

Cartes piensa que el Estado es él, siglos después de lo de Luis XIV, ahora por su culpa, el país sigue teñido de colorado.

Las inauguraciones de viviendas sociales, los viaductos, los reservorios de agua, caminos vecinales, las reuniones de ministros y todo lo que se les ocurra. Hasta Roque Santa Cruz terminó coloradizado…

En serio, acá alguna vez lo que tenemos que hacer es estatizar el Estado, para que ya no sea propiedad de un partido político, del caudillo o del empresario de turno.

Lo peor de todo es que esta maniobra ni siquiera es original. Alfredo Stroessner hacía exactamente lo mismo y peor; sin prensa libre ni redes sociales, claro. Aunque el resultado es el mismo.

Porque pese a nuestros plagueos en las redes sociales, los memes de Peña y todo eso, los colorados siguen actuando como si de verdad el país fuera su propiedad, su estancia o su patio trasero, y además creen que eso está bien.

De este país no se enamoró el infortunio, no. Con el Paraguay se encaprichó la desgracia.

El simulacro. Dentro de un mes, aproximadamente, se hará el gran simulacro democrático, cuando todos los partidos –grandes, medianos y chicos– y cuanto movimiento haya sobre esta tierrita, formalicen el acto que nos conducirá al 2018.

En esa ocasión, gua’u que vamos a elegir, pero eso no es verdad, pues a los ciudadanos solo se nos pide que hagamos acto de presencia, o de extras en esta comedia.

Sin embargo, para lo que sí nos van a necesitar es para sostener con nuestros impuestos al gran elefante blanco que es el Estado paraguayo.

La vida continúa y nosotros –los privilegiados que tenemos un trabajo– tenemos que seguir empujando el carro porque hay miles y miles de correligionarios a quienes pagar salarios, y siliconas y viajecitos y bocaditos y caseros, y nuestros planilleros no viven del aire, así que, a poner buena cara, que otra no nos queda.

Mucho no cambia si gana uno u otro. Los techos de las escuelas seguirán cayendo y si te enfermás, no te va a ayudar el Gobierno, sino los vecinos que van a organizar una pollada para juntar fondos.

Después de todo, como dijo alguien que sabía mucho, “si votar sirviera para cambiar algo, ya estaría prohibido

(*) Ultimahora.com

 

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